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septiembre 3, 2023

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Las diez enfermedades más comunes (y mortíferas) que no sabemos, no podemos o no queremos curar

Las diez enfermedades más comunes (y mortíferas) que no sabemos, no podemos o no queremos curar

En un año normal, el 54% de todas las muertes del mundo se deben solamente a 10 enfermedades. Es decir, más de 30 millones de personas mueren solamente por 10 motivos. Esas diez causas de muerte se pueden resumir en tres grandes grupos: las cardiacas, las respiratorias y las neonatales. Ahí está todo y aquí os contamos por qué.

1| Cardiopatía isquémica

Unos nueve millones de personas mueren cada año por los problemas relacionados con el estrechamiento de las arterias que alimentan al corazón: el infarto. Es lo que se conoce como cardiopatía isquémica o enfermedad de las arterias coronarias y es el resultado de un largo proceso de formación de colágeno y acumulación de grasas y células inflamatorias que denominamos arteroesclerosis.

Es, como podemos ver, una enfermedad grave que, aunque se favorece de ciertas disposiciones genéticas, se ve agravada por hábitos de vida poco saludables como el tabaquismo, el sedentarismo o las dietas ricas en colesterol “malo”.

2| Accidente cerebrovascular

Con un poco más de seis millones de muertes, el accidente cerebrovascular (también denominado ‘ictus’) obtiene el dudoso honor de ser la segunda causa de muerte más común del mundo. En términos generales, hay dos tipos de accidentes cerebrovasculares: los isquémicos (que, como en el apartado anterior, se originan por la obstrucción de una arteria cerebral) y los hemorrágicos (que se originan cuando los vasos se debilitan y se rompen).

Aunque hay muchísimos tipos de accidentes cerebrovasculares (y sus causas son, en consecuencia, múltiples) el principal factor de riesgo es la presión arterial alta.

No obstante, el principal problema de este tipo de patologías es que requieren una intervención inmediata y eso, para la mayor parte de personas del mundo, es sencillamente imposible. Incluso en los países desarrollados esta limitación es relativamente común.

3| Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica

Más conocida por sus siglas, el EPOC es mucho más que una enfermedad. El término hace referencia a todo un conjunto de patologías que, en su desarrollo, acaban causando la obstrucción de la circulación del aire y, por ello, generan todo tipo de problemas relacionados con el sistema respiratorio.

Es decir, englobadas bajo el epígrafe de EPOC podemos encontrarnos enfermedades que van desde el enfisema a la bronquitis crónica pasando por algunos casos agravados de asma.

Aunque en los países desarrollados, el humo del tabaco es quizás “el factor principal en el desarrollo y progresión de la EPOC“, la casuística se amplía en el resto del mundo. Al fin y al cabo, los factores genéticos, las infecciones respiratorias y, sobre todo, la exposición a contaminantes aéreos en el hogar y en el lugar de trabajo,  son claves en su aparición. No hay que olvidar que cerca de 2.600 millones de personas utilizan combustibles sólidos (leña, carbón vegetal, estiércol, etc.) o queroseno para cocinar en lugares sin ventilación.

4 | Infecciones del tracto respiratorio inferior

La primera gran causa de muerte que se puede decir que es nítidamente infecciosa, estas enfermedades reúnen también un enorme abanico de problemas que incluyen la bronquitis aguda, la exacerbación del EPOC o las neumonías adquiridas en la comunidad. Hemos aprendido mucho sorbe este tipo de enfermedades en los últimos años.

Su principal característica a nivel de mortalidad es que, pese a no representar un gran riesgo para la mayor parte de la población, estas infecciones tienen un alto impacto en poblaciones especialmente vulnerables. No es gratuito que sean algunas de las enfermedades infecciosas a las que dedicamos más recursos para contener, monitorizar y tratar.

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5| Condiciones neonatales

Si comparamos las tasas de mortalidad pre o neonatal del mundo con las de hace 20 años o medio siglo, solo tenemos buenas noticias. No obstante, aún hoy unos dos millones de bebes mueren por patologías graves antes de que hayan pasado las primeras horas desde el momento del nacimiento.

El tema es muy extenso para analizarlo con detalle, pero no deja de ser cierto que unos buenos sistemas de salud y unas buenas condiciones hospitalarias reducen de forma radical este tipo de muertes.

6 | Cánceres de pulmón, bronquios y traquea

Aunque el cáncer de pulmón es el segundo más común del mundo (después del de mama), su agresividad es tal que no solo supera al anterior en número de muertes, sino que se cuela en esta lista sin mayor problema. El motivo de ello, no tiene sentido que nos llevemos a engaño, es el tabaquismo.

Un factor de riesgo del tamaño de la basílica de San Pedro que durante décadas ha sido un hábito socialmente aceptado e incluso promovido y que, en último término, se ha convertido en un enorme problema de salud pública. Se calcula que, pese a todo, más de mil millones de personas seguirán fumando en las próximas décadas. Así que tendremos que acostumbrarnos a seguir viendo este tipo de cánceres en lo alto de la lista.

7 | Alzheimer y otras demencias

En España, hay más de 800.000 personas con la enfermedad de Alzheimer. Son muchas. De hecho, en todo el mundo, el número de enfermos de Alzheimer es casi el mismo que la población de España: más de 45 millones de personas. Junto con el resto de demencias, hablamos de casi dos millones de muertes al año.

Y, aunque tenemos buenas noticias (las demencias en Occidente se han desplomado hasta un 30% en los últimos años), lo cierto es que ahora que sabemos el porqué de esa bajada… no podemos ser muy optimistas.

En las últimas décadas, los países desarrollados han mejorado en muchas cosas que sabemos que están relacionadas con las demencias (desde el nivel educativo medio, al tabaquismo y el consumo de acción, la obesidad o la contaminación atmosférica), pero no sabemos cuánto va a tardar el resto del mundo en seguir sus pasos. Y conforme más tarde, más tardarán en mejorar las cifras de demencia a nivel global.

8 | Gastroenteritis (y otras enfermedades diarreicas)

Aunque aparecen en el octavo puesto de esta lista, las enfermedades que causan diarrea son la segunda mayor causa de muerte de  niños menores de cinco años. Se producen, aproximadamente, 1700 millones de casos de enfermedades diarreicas infantiles cada año y mueren unos 525.000 niños).

Lo peor, no obstante, no es eso: lo peor es que (en su mayor parte) son enfermedades prevenibles y tratables. Y, por eso mismo, se trata de una de los mayores retos de salud pública que tenemos delante.

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9 | Diabetes

Mientras que las enfermedades cardiovasculares representan la muerte de  233 personas por cada 100.000 al año, la diabetes ronda las 35 personas por cada 100.000. Puede parecer poco, pero basta con pensarlo para descubrir que en 2017 murieron en España 16.300 personas por culpa de la diabetes.

Y el asunto central es que va a más. El sedentarismo, las dietas poco equilibradas y el crecimiento de la esperanza de vida están disparando una enfermedad que, silenciosamente, se está convirtiendo en una de las grandes epidemias del siglo.

10 | Enfermedades renales

Pasan desapercibidos, sí; pero el riñón es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Su capacidad de depuración es vital para un buen funcionamiento del resto del cuerpo y, por ello, la enfermedad real crónica es un problema sanitario de primer orden.

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Imagen | Volodymyr Hryshchenko


La noticia Las diez enfermedades más comunes (y mortíferas) que no sabemos, no podemos o no queremos curar fue publicada originalmente en Xataka por Javier Jiménez .

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‘Blasphemous II’ ya es uno de los juegos del año: su barroquismo visual solo es igualado por unas mecánicas afiladísimas

'Blasphemous II' ya es uno de los juegos del año: su barroquismo visual solo es igualado por unas mecánicas afiladísimas

El primer ‘Blasphemous’ es uno de los juegos independientes españoles más relevantes de los últimos años. No solo su calidad técnica, sus mecánicas y su desarrollo estaban trabajados de forma exhaustiva e impecable, sino que, más importante aún, abrazaba las costumbres y tradiciones españolas de forma muy específica, las transformaba y retorcía, y las convertía en algo nuevo, dotándolas de un significado completamente renovado.

Y no cualquier tradición española: no hablamos aquí de toros o flamenco (aunque algo de eso, obviamente, hay en la raíz radicalmente folclórica del juego), sino de la España creyente y la España Negra en todas sus variantes y extensión. Los iconos, las creencias, la estética, el ritmo procesional. Y cómo no, la violencia, la tragedia y el espíritu más oscuro. Todo eso se plasmaba en ‘Blasphemous’ de un modo que, francamente, solo puede hacer una producción independiente (no hay más que ver cómo contemplan otros panteones sobrenaturales productos AAA como ‘God of War‘).

‘Blasphemous II’ llega, unos años más tarde, dispuesto a dar continuidad a aquella propuesta. Y lo consigue sobradamente, y cabe decir que en la mayoría de los casos supera a su precedente. Para empezar, en lo visual: el pixel-art alcanza aquí una cima absolutamente majestuosa, con unos escenarios y unos personajes (algunos de tamaño imponente) que transmiten a la perfección la atmósfera trágica y solemne que busca el juego. Este es uno de esos juegos que los devotos de la Cofradía del Píxel enseñamos a los fanáticos de Nuestra Señora del Polígono 3D para que cierren la bocaza.

Porque el magistral diseño del píxel no solo abarca el mero acabado estético: es que en este caso se ha rediseñado todo para que las animaciones sean más fluidas, las transiciones de una acción a otra más ligeras y comprensibles. Gracias a su soberbio diseño visual, ‘Blasphemous II’ es más accesible, menos frustrante, más preciso y encima, es gloria para los sentidos.

Más y mucho mejor

Como la primera entrega, ‘Blasphemous II’ es un metroidvania más o menos clásico que bebe mucho, eso sí, de los ‘Souls’, y no solo por su elevadísima dificultad. Su gestión del progreso y el acercamiento a los enfrentamientos con los jefes parecen diseñados por un miembro de FromSoftware devoto de La Pilarica. Pero eso es solo en un tramo inicial en el que los combates son más similares al primer ‘Blasphemous’: hay una segunda parte del juego en el que las tres armas disponibles comienzan a brillar con todas sus posibilidades y el juego encuentra su propia identidad, gracias a una potenciación de las mecánicas.

Porque se nota que la gente de The Game Kitchen se ha empleado a fondo para ampliar las posibilidades del primer ‘Blasphemous’. Lo ha hecho, por ejemplo, creando tres armas, cada una con sus características: la más equilibrada es la espada Ruego al Alba; luego dos espadas más ligeras, rápidas y que hacen menos daño, Sarmiento y Centella; y un pesado y contundente incensario, Veredicto. Pero más allá de adaptarse a nuestro estilo de juego o funcionar mejor o peor con ciertos enemigos, posibilitan la exploración y destapan vías y posibilidades de juego: por ejemplo, abren portales y resuelven puzles, cada una a su manera.

Lo mismo pasa con la mejora de nuestro Penitente: de forma muy sencilla podremos seguir incrementando sus habilidades, pero ahora además tenemos unas estatuas que mejoran nuestras capacidades de combate (aparte de lo que vayamos mejorando las tres armas) y un sistema de acumulación de culpa cada vez que morimos y que avanzado el juego, si usamos las estatuíllas correctamente, nos facilitarán la travesía. Un componente ligeramente estratégico y que nos obligará a afrontar los durísimos jefes finales estudiando a fondo las posibilidades de nuestro Penitente y lo que podemos hacer con la equipación que llevamos.

Así que ‘Blasphemous II’ no solo es una potente lección de cómo hacer crecer la mitología de su precedente (porque por supuesto, en términos de historia y lore, el trasfondo del juego también evoluciona lo suyo), sino también de cómo exprimir aún más sus mecánicas para llevarlo unos cuantos pasos más allá. Una clase magistral de artesanía interactiva que merece encontrar un hueco entre los mejores juegos del año.

Cabecera: The Game Kitchen

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El peor ataque de tiburones de la historia: la aterradora historia de los supervivientes del USS Indianapolis en 1945

El peor ataque de tiburones de la historia: la aterradora historia de los supervivientes del USS Indianapolis en 1945

Al USS Indianapolis lo hundieron un par de torpedos japoneses pasada la medianoche del 30 de julio de 1945. Y algo de macabra coherencia poética hay en que el buque se hundiera así, de forma sorpresiva, de noche, bajo la oscuridad y las estrellas del Pacífico, porque todo lo que vino a continuación fue una pesadilla, un pavoroso relato de deshidratación, días tórridos y noches gélidas, alucinaciones y muerte que supera la más horrible fantasía ideada por Stephen King.

Todo eso, y tiburones.

Muchos tiburones, hambrientos y enloquecidos por la sangre.

Porque si aún recordamos al USS Indianapolis casi ocho décadas después de su naufragio no es por las dimensiones del buque, el importante papel que jugó en la Segunda Guerra Mundial o su saldo de víctimas, cuestiones todas relevante, pero que palidecen cuando se comparan con otra de las peculiaridades del navío: su tripulación sufrió el peor ataque de escualos de la historia.

Entre torpedos y tiburones

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Foto del USS Indianapolis en septiembre de 1939.

Para entenderlo hay que remontarse a finales de julio de 1945, cuando el USS Indianapolis, un buque de guerra de clase Portland de la Armada de EEUU de 181 metros de eslora, surcaba las aguas del Océano Pacífico rumbo al golfo de Leyte, en Filipinas. Lo hacía después de haber cumplido con una misión clave, secreta y que resultaría crucial en el devenir de la Segunda Guerra Mundial: trasladar partes de la primera bomba atómica al atolón Tinian, en las Islas Marianas del Norte, donde se situaba la base de los bombarderos B-29 estadounidenses.

Ni la importancia del cometido, ni la misión que todavía tendría por delante una vez llegase a Leyte fueron motivos suficientes sin embargo para que los mandos de EEUU se cuestionasen si era buena idea que viajase solo por el Pacífico. A pesar de que el USS Indianapolis carecía de un sónar que le permitiera detectar submarinos enemigos y de que su capitán, Charles McVay, había solicitado sin éxito protección en la travesía, el poderoso buque de la Armada estadounidense avanzaba sin escolta. Solo, tras partir el 28 de julio de Guam, en la Micronesia.

Por eso no sorprende que poco después, el 30 de julio, pasadas las doce de la noche, mientras el buque navegaba a aproximadamente 17 nudos, un submarino japonés se acercara lo suficiente para dejarlo al alcance de sus torpedos.

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Poco después de la medianoche el sumergible nipón lanzó un primer proyectil contra la proa del Indianapolis seguido de otro orientado hacia el centro del casco. El ataque resultó un éxito. O un horror, si se mira desde la óptica de la confundida tripulación estadounidense. Los torpedos sembraron el caos, destrozaron la proa y acertaron en una de las partes más sensibles de la embarcación, en los tanques de combustible y pólvora, que acabaron explotando y condenaron al Indianapolis.

En 12 minutos su enorme mole estaba despeñándose ya hacia las profundidades.

“¡Buuum! Salí volando por los aires. Había agua, escombros, fuego, todo subía y estábamos a 25 metros sobre el agua. Fue una explosión tremenda. Y cuando me pude arrodillar, otro estallido. ¡Buuum!”, relataba en 2013 a la BBC Loel Dean Cox, un veterano marinero que por entonces, en 1945, con 19 años, formaba parte de la tripulación del USS Indianapolis. Él tuvo suerte. Se las apañó para trepar hacia un punto alto y saltar al océano, desde donde escuchó los gritos y gemidos de otros compañeros. “Nadé en esa dirección y me uní a un grupo de 30 hombres”.

De las 1.196 hombres que viajaban a bordo del poderoso y flamante buque de guerra de la Armada de EEUU, sobrevivieron al ataque unos 900.

“Pensamos que sería cuestión de esperar un par de días hasta que nos recogieran”, confiesa Cox. Se equivocaba. La Marina llegó a interceptar mensajes del submarino nipón en los que se hablaba de un buque enemigo hundido, pero aquello —precisa Smithsonian Magazine— podía interpretarse como una treta de los japoneses para arrastrar a los barcos de rescate a una emboscada. Fuera como fuera, lo cierto es que 900 tripulantes del Indianapolis se quedaron a la deriva en el Pacífico.

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Supervivientes del Indianápolis en agosto de 1945.

A merced de la deshidratación, de la tentación constante de saciar la sed con el agua salada del mar, abrasados por el sol durante las horas del día y aterecidos por las temperaturas gélidas de la madrugada… y el fiero acecho de los tiburones.

Porque, como acabarían comprobando Cox y el resto de sus compañeros, los submarinos japoneses no eran lo más temible que navegaba bajo sus pies.

Las explosiones, el hundimiento del acorazado, el frenético chapoteo de los supervivientes y la sangre de las víctimas atrajeron al lugar a escualos, entre ellos —especulan los expertos— Carcharhinus longimanus, tiburones de punta blanca, animales con un tamaño medio de 2,7 metros, que incluso pueden alcanzar los 4 m y suelen señalarse entre los más peligrosos cuando un humano tiene el infortunio de encontrarlos en situaciones de riesgo. Y ese era el caso de los náufragos.

“Nos hundimos a la medianoche y vi uno por la mañana, cuando salió el sol. Eran grandes. Le juro que algunos tenían 4,5 m de largo“, señalaba Cox a la BBC 68 años después: “Estaban continuamente ahí, la mayor parte del tiempo comiéndose los cuerpos de los muertos. Gracias a Dios había mucha gente muerta flotando en la zona”. Los cadáveres no tardaron en agotarse sin embargo y los supervivientes empezaron a ver cómo aquellas aletas y fauces empezaban a rondarles.

De la noche de torpedos, a la pesadilla acuática.

“Perdíamos tres o cuatro compañeros cada noche y día. Uno sentía miedo constantemente porque los veía todo el tiempo. A cada rato veía sus aletas… una docena, dos docenas en el agua —rememora Cox— A mí me golpearon varias veces. En esa agua clara uno podía ver a los tiburones merodeando. De tanto en tanto, como un rayo, uno nadaba derecho hacia arriba, cogía a un marinero y se lo llevaba. Uno vino y se llevó al marinero que estaba a mi lado”.

La situación resultaba tan crítica que se cuenta que algunos de los náufragos estaban paralizados por el miedo y eran incapaces de comer o beber. Incluso el menor desliz podía salir caro a la deriva, en el Pacífico, entre animales veloces y provistos de varias hileras de dientes como cuchillas: cuando un grupo de hombres echó mano de las reservas que conservaban y abrió una lata de Spam, una tipo de carne envasada popular en EEUU, se encontró con que su olor atraía a enjambres de tiburones famélicos. Asustados, se deshicieron de todas las raciones.

Al cuarto día de suplicio, un avión de la Armada identificó al grupo de supervivientes y solicitó ayuda por radio. El grupo de Cox ya había perdido para entonces a dos terceras partes de sus miembros: de los alrededor de 30 náufragos iniciales habían pasado a menos de una decena. Antes del atardecer ya había un hidroavión en la zona y la Armada movilizó barcos para socorrerlos.

“Oscureció y una potente luz bajó del cielo. Pensé que llegaban los ángeles. Pero era el buque de rescate, que dirigía su reflector hacia arriba para dar esperanza a los marineros y avisarles de que los estaban buscando —cuenta el veterano—. En algún momento de la noche, unos brazos fuertes me subieron a un bote”.

De los 1.196 hombres que conformaban la tripulación del Indianapolis ya solo quedaban 317, un drama para el que no tardó en buscarse culpables. Y el foco se centró en el capitán McVay, uno de los supervivientes. De poco sirvió que Cox y otros compañeros hicieran campaña para exculparlo y que el Congreso llegase a aprobar una resolución que lo exoneraba, firmada por Bill Clinton en 2000, hundido por lo ocurrido, el capitán acabó suicidándose en 1968.

¿Cuántas víctimas sucumbieron a los ataques de tiburones?

Difícil saberlo.

Hay quien habla de docenas.

Y quien considera que la cifra se aproxima al centenar y medio.

Se acepte uno u otro balance, la realidad es que los escualos no eran el único peligro al que se enfrentaron Cox y sus colegas del USS Indianapolis.

“A duras penas podía uno mantener la cara afuera del agua. El salvavidas dejaba ampollas en mis hombros, ampollas sobre mis propias ampollas. Hacía tanto calor que rezábamos para que oscureciera, y cuando oscurecía, rezábamos para que amaneciera porque hacía tanto frío que nuestros dientes castañeteaban”.

La falta de agua también suponía un suplicio y muchos marineros acabaron delirando, lo que en algún caso les llevó a despojarse de sus chalecos y zambullirse en el océano para tragar agua que acababa minando su organismo poco después.

Una auténtica pesadilla en el Pacífico.

Que sigue ostentando todavía hoy, en 2023, casi ocho décadas después del hundimiento, el título de peor ataque de tiburones de toda la historia.

Imágenes: , Wikipedia (Marina de los EE. UU),, Wikipedia

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1.300 personas deambulando por la Tierra: hace 900.000 años la humanidad estuvo a punto de extinguirse

1.300 personas deambulando por la Tierra: hace 900.000 años la humanidad estuvo a punto de extinguirse

Si tú, yo, el vecino del quinto, tu jefa y el resto de las 7.900 millones de personas que conformamos esta enorme familia llamada humanidad estamos aquí, ahora, recuperándonos de las vacaciones de verano, se lo debemos en gran medida a un grupo de poco más de 1.200 personas que vivieron hace cientos de miles de años. Exacto: un puñado de ancestros tan reducido que no daría ni para llenar el Teatro Real de Madrid. Quizás suene delirante, pero esa es la idea que han dejado botando un grupo de científicos tras bucear en la histórica genética.

Su trabajo lo ha recogido Science y el escenario que plantea es fascinante: hace unos 900.000 la humanidad afrontó un cuello de botella demográfico crítico.

¿Un cuello de botella Así es. Lo que plantean los investigadores es que hace 930.000 años nuestros antepasados afrontaron un “cuello de botella demográfico” que se prolongó casi 120.000 y redujo el linaje humano a mínimos, con algo menos de 1.300 individuos dotados de capacidad reproductora. La cifra es tan minúscula que, como recoge el artículo que acaba de publicar la revista Science basándose en su trabajo, “llevó a nuestros ancestros al borde de la extinción”. Para hacernos una idea de qué significa, WWF calcula que en 2015 había unos 1.800 osos pandas en libertad y los últimos recuentos de lince ibérico sitúan su censo en 1.668.

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Gráfico que muestra el “cuello de botella” de la población humana y la dispersión fuera de África.

¿Y qué supuso ese fenómeno? Lo explican con claridad el Instituto de Nutrición y Salud de Shanghái (SINH) y la Università degli Studi Firenza (UNFI), donde trabajan algunos de los científicos que participaron en el estudio. Durante ese “cuello de botella”, que se extendió hace entre 930.000 y 813.000 años, la población de nuestros antepasado se redujo alrededor de un 98,7% hasta verse reducida a 1.280 individuos reproductores. Con todo lo que algo así implica.

Se calcula que el 65,85% de la diversidad genética actual puede haberse perdido debido al cuello de botella a principios y mediados del Pleistoceno, y el prolongado periodo de número mínimo de individuos reproductores amenazó a la humanidad tal y como la conocemos hoy”, explican los expertos de el SINH, y recalcan: lo sucedido “casi aniquiló la posibilidad de la humanidad como la conocemos”.

¿Cómo han llegado a esa conclusión? Gracias a un nuevo método bioinformático, una estrategia de análisis llamada FitCoal y que básicamente permite proyectar hacia el pasado la variación genética humana actual. De esa forma los científicos pueden estimar el tamaño de las poblaciones en momentos específicos de la historia. Lo más curioso es que para realizar sus cálculos los investigadores necesitaron una muestra relativamente reducida.

Les bastó con examinar las secuencias genómicas de 3.154 individuos actuales que pertenecen a medio centenar de poblaciones distintas. Luego combinaron los datos con información paleoambiental y paleoantropológica que les permitió remontar su rastreo a períodos prehistóricos anteriores al surgimiento de nuestra especie.

¿Sorprendente? Sí. Y no. Sus conclusiones son llamativas, pero encajan en cierto modo con algo que ya habían observado antes los científicos: una “laguna inexplicable” de pruebas paleoantropológicas en el continente africano y Eurasia que se extendió cientos de miles de años, en una horquilla que se prolongó desde hace 950.000 a 650.000 años. A partir de ese momento el registro vuelve a aumentar con hallazgos atribuidos a menudo al Homo heidelbergensis.

“La brecha en los registros fósiles de África y Eurasia puede explicarse por este cuello de botella en la Edad de Piedra temprana —comenta Giorgio Manzi, de la Universidad de Roma La Sapienza y uno de los coautores del estudio—. Coincide con el período propuesto de pérdida significativa de pruebas fósiles”.

¿Cuáles fueron las causas? Los investigadores creen que el motivo principal fueron los “cambios climáticos drásticos” que se vivieron durante la transición al Pleistoceno medio, con oscilaciones en las temperaturas y sequías que pudieron mermar las especies que los humanos ancestrales usaban para alimentarse.

“Hace un millón de años los ciclos glaciares e interglaciares se expandieron, provocando condiciones de extrema aridez en África y la extinción de comunidades enteras de grandes mamíferos”, señalan desde la Universidad de Florencia: “Estas condiciones climáticas y ambientales adversas hicieron extremadamente difícil la supervivencia para nuestros antepasados, llevándolos al borde de la extinción”.

¿Por qué es tan importante? Por lo que nos cuenta sobre el linaje de la humanidad y nuestros ancestros. Y eso va más allá de las cifras que haya dejado el cuello de botella, por más chocantes y críticas que resulten. “Este periodo de crisis demográfica puede haber desempeñado un rol crucial en la evolución humana —abunda Manzi—. En un cuello de botella, los equilibrios ecológicos y genéticos normales se alteran, lo que aumenta la probabilidad de que se fijen variantes genéticas inesperadas, contribuyendo a la aparición de una nueva especie”.

Y esa nueva especie fue probablemente el Homo heidelbergensis, aclara el doctor Fabio Di Vincenzo, de la Universidad de Florencia, el que puede considerase como “verdadero último antepasado común, es decir, la forma humana que se extendió de África a Eurasia, dando lugar a la evolución de tres especies diferentes: Homo sapiens en África, Neandertales en Europa y Denisova en Asia”.

¿Son todo certezas? No. De hecho resulta elocuente que la propia Science recurra a los interrogantes para titular su artículo —”¿Nuestros antepasados casi se extinguieron?”— y los autores de la investigación reconocen que, más allá de sus conclusiones, el estudio deja botando otras cuestiones aún por responder.

“El hallazgo evoca muchas preguntas, como los lugares donde vivían estos individuos, cómo superaron los catastróficos cambios de clima y si la selección natural durante el cuello de botella aceleró la evolución del cerebro humano”, explica Yi-Hsuan PAN, coautor y genómico de la Universidad Normal de China Oriental. Una de las grandes cuestiones pendiente de esclarecer es en qué medida el control del fuego y los cambios en el clima que propiciaron condiciones más cómodas que favorecieron un aumento de la población hace 813.000 años.

¿Lo ven todos igual? La respuesta vuelve a ser negativa. “Estos hallazgos son solo el principio. Los objetivos futuros con estos conocimientos son esbozar una imagen más completa de la evolución humana durante este periodo de transición del Pleistoceno temprano al medio” reivindica Li Haipeng, de la SINH-CAS. Otros expertos ven el estudio con cautela o escepticismo. “Igual que el vacío de fósiles se puede explicar por ese cuello de botella, podría explicarse porque se encuentran menos fósiles por una cuestión de vulcanismo o de sedimentación”, señala a El País Antonio Rosas, del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid.

Imagen de portada: Nikhil Singh (Unsplash) y SINH

En Xataka: Ya sabemos dónde se originó la humanidad: en la coordenada 19.4N, 33.7E (aproximadamente)


La noticia 1.300 personas deambulando por la Tierra: hace 900.000 años la humanidad estuvo a punto de extinguirse fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

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La industria necesita encontrar tierras raras más allá de China. Vietnam se presenta como un buen candidato

La industria necesita encontrar tierras raras más allá de China. Vietnam se presenta como un buen candidato

Que China domine el lucrativo mapa de las tierras raras no significa que esté solo. En el tablero global hay otras potencias ricas en recursos clave para la automoción o la “revolución verde”, como Brasil, Rusia, India, Australia, EEUU o, lindando por el sur con el gigante asiático, Vietnam. Los datos de Statista muestran la nación del sudeste asiático acoge 22 millones de toneladas métricas, un volumen de reservas superado solo por la propia China. De lo que sí disfrutan en Hanói ahora mismo es de un rol geopolítico más cómodo que en Pekín, con valiosos acuerdos de libre comercio y una ventajosa posición estratégica entre China y los EEUU.

Las empresas lo saben. Y ya han movido ficha.

¿Qué ha pasado? La noticia la avanza Reuters: dos empresas del sector de los imanes de tierras raras con sede en Corea del Sur y China están a punto de abrir fábricas en Vietnam para diversificar su cadena de suministros y reforzar de paso su posición fuera del gigante asiático. Una de las firmas es Star Group Industrial (SGI), la otra Baotou INST Magnetic. La primera, coreana, tiene sobre la mesa un proyecto en tierras vietnamitas con el que aspira a producir unas 5.000 tn anuales de imanes de neodimio de alta gama (NdFeB) para 2025. La segunda, INST, comenzará a operar en breve una planta alquilada en el norte de Vietnam.

¿Cómo serán las instalaciones? De momento no han trascendido grandes detalles. Reuters precisa que la planta de SGI jugará un papel clave en la estructura de la empresa: con una producción de cerca de 5.000 toneladas anuales de NdFeB, generaría suficientes para dos millones de coches eléctricos y casi permitiría a la compañía duplicar su producción actual, que gracias a sus instalaciones de Corea y China llega a las 3.000 tn al año. La compañía estaría invirtiendo 80 millones de dólares en su nueva factoría de Vietnam para que arranque ya en 2024.

En cuanto a Baotou INST Magnetic, su nueva planta, para la que logró en junio autorización local, se situará en el norte de Vietnam. Su inversión inicial sería de solo unos cuantos millones de dólares, pero la empresa —siempre según Reuters— estaría valorando una segunda fase para construir su propia factoría.

¿Por qué es importante? Si la noticia ha saltado a los medios se explica en parte por el rol de las propias empresas. Al fin y al cabo SGI suministra imanes al fabricante vietnamita VinFast y a la coreana Hyundai Motor y INST se convirtió en 2021 en proveedor de Apple. Más allá de quién o cómo actúa importa el cuándo, el trasfondo: ambas compañías se han decidido abrir instalaciones en Vietnam en un escenario marcado por las tensiones entre China y EEUU, amenazas y restricciones comerciales, un telón de fondo que ya ha llevado a otras empresas tecnológicas a tantear opciones más allá de China. Algunos países, como la vecina India, incluso han lanzado medidas para aprovecharse de ese nuevo escenario.

Con el recuerdo reciente aún de la pandemia y los efectos de la estricta política “COVID Zero” aplicada por Pekín, lo que buscan las compañías es diversificar sus cadenas de suministros más allá del gigante asiático, un paso que demandarían los propios clientes ante el clima de tensión entre EEUU y China.

Informe sobre tierras raras del USGS.

¿Y por qué Vietnam? Quizás no llegue al nivel de reservas de tierras raras de China, ni tampoco disfrute de su indiscutible dominio en la cadena de producción o el sector de los imanes —claves para la fabricación de coches eléctricos, turbinas, armas o smartphones— pero desde luego Vietnam es un actor destacado del sector. Statista calcula que el país maneja una reserva de 22 millones de tn métricas, por encima de Brasil o Rusia —cada una con 21 millones— o India, que suma 4,2. La única nación que la supera en yacimientos es China, con 44 millones.

Vietnam acoge además una incipiente industria de procesamiento y a lo largo de los últimos ha multiplicado su producción minera de tierras raras. Hace apenas un mes trascendía que el país aspira a aumentar su producción hasta llegar en 2030 a los 2,02 millones de tn de minerales sin procesar anuales. El Servicio Geológico de EEUU (USGS) calcula que la producción vietnamita de tierras raras ha crecido de forma exponencial: de 400 tn en 2021 a 4.300 el año pasado. Para 2050 quiere una producción anual de entre 40.000 y 80.000 tn de óxidos de tierras raras.

¿Hay más? Sí. Vietnam resulta atractiva también por sus costes laborales, sus acuerdos comerciales y la presencia de fabricantes del sector de la automoción y la electrónica. Su potencial ha atraído ya por ejemplo a Corea del Sur. Hace apenas dos meses los presidentes de ambos países, Vao Van Thuong y Yoon Suk Yeol, se reunieron durante una visita institucional que se saldó con un anuncio relevante: las dos naciones firmaron un memorándum: de 400 toneladas en 2021 a 4.300 el año pasado. Para mediados de este mismo siglo quiere una producción anual de entre 40.000 y 80.000 toneladas de óxidos de tierras raras REO.

¿Es un reto sencillo? En el camino a la diversificación de la cadena de suministro y la apuesta por Vietnam hay desafíos importantes. Al margen de su potencial minero o lo que haya podido avanzar en el pasado, el dominio de China en el sector sigue siendo indiscutible. Según la firma Adamas Intelligence, Vietnam produce apenas el 1% de los imanes del mundo, a una distancia abismal de China. Más allá de lo difícil que pueda resultar agrietar el dominio de Pekín en la producción y procesamiento, el terreno geopolítico es también complejo.

A lo largo de los últimos meses EEUU ha intentado reforzar sus relaciones con Hanoi y el propio Joe Biden anunciaba hace poco que viajará en septiembre al país asiático para reunirse con su máxima autoridad, Ngyuen Phu Trong, e impulsar la cooperación bilateral, pero los vínculos entre Vietnam y Pekín resultan igualmente cruciales. De hecho en primavera el primer ministro chino incidía en la necesidad de preservar las “relaciones de vecindad” y “seguir tomando medidas para impular la estabilidad y prosperidad en Asia-Pacífico”. “Los intentos de EEUU de mejorar las relaciones con Vietnam sembrando la discordia de Pelín y Hanoi son una quimera”, titulaba una de sus crónicas el diario chino Global Times en junio.

Imagen de portada: Tron Le (Unsplash)

En Xataka: Estamos buscando tierras raras en lugares remotos, pero el gran desafío es otro: aprender a reciclarlas


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Adriana P

La Antártida no tiene residentes permanentes. Y de forma inverosímil ha desarrollado su propio acento

La Antártida no tiene residentes permanentes. Y de forma inverosímil ha desarrollado su propio acento

La Antártida no tiene residentes permanentes. Pero sí acento. Para ser más precisos tiene un número enorme de acentos potenciales, formas de hablar que nacen, toman forma y maduran allí, en las gélidas y remotas regiones del Polo Sur. Hace algunos años de hecho un grupo de investigadores de la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich (LMU) documentó cómo surgía una manera de hablar que no dudaron en catalogar como “un acento común” antártico. Tal vez parezca una contradicción, un sinsentido, pero lograron medir el fenómeno de forma clara. Y lo mejor de todo es que dice mucho sobre la forma en cómo nos expresamos.

La pregunta que deja botando es… ¿Habrá un acento marciano?

La Antártida, tierra de experimentos. Eso es lo que debieron de pensar en 2017 el profeso de fonética Jonathan Harrington y el resto de sus colegas de LMU cuando se enteraron de que había un grupo de expedicionarios preparándose para partir hacia la British Antártida Survey (BAS), en la Antártida, donde convivirían 26 personas durante varios meses. Al saber las condiciones y el aislamiento al que estarían sometidos, Harrington y sus compañeros se plantearon una pregunta tan sencilla como sugerente: ¿Afectaría esa estancia en su forma de expresarse?

Dado que las personas nos influimos mutuamente como hablantes e incluso nos imitamos las unas a las otras en el uso del idioma, al expresarnos o al pronunciar palabras, ¿qué efecto tendría sobre ese grupo una experiencia tan peculiar como la que iban a afrontar en la Antártida, aisladas y expuestas a un número de hablantes muy reducido? ¿Cambiaría sus acentos durante su estancia en el Polo Sur?

¿Y qué hicieron? De las 26 personas, “winterers“, como las designa el estudio, Harrington y sus colegas se quedaron únicamente con 11 que estarían disponibles para participar en la investigación durante meses: ocho habían nacido y crecido en diferentes puntos de Reino Unido, una procedía del noroeste de Estados Unidos y las dos restantes tenían como primer idioma el alemán e islandés. Que los orígenes fueran tan diversos resultaba crucial porque influía en el acento. Sus dedicaciones también eran variadas e incluían profesiones como la de cocinero, electricista, médico, ingeniero, mecánico, fontanero o científicos y personas de apoyo.

Lo que Harrington les pidió era bastante sencillo. Quería que hablasen. Y se esperaba que interactuasen además en la BAS, comiendo juntos y compartiendo provisiones. Con esa premisa clara, equipo del LMU los grabó de forma individual antes de su partida hacia la Antártida, en septiembre de 2017, cuando los 11 sujetos habían tenido aún un contacto mínimo entre sí, y luego volvió a tomar grabaciones cada seis semanas durante su estancia en la base, entre marzo y agosto de 2018. Cada sesión duraba 10 minutos, periodo durante el que los voluntarios leían una lista con 29 palabras en inglés, como “head”, “had”, “hard” o “hoard”.

Dime a quién escuchas… Y te diré cómo hablas. Esa parece ser una de las conclusiones que se desprenden del peculiar experimento de Harrington. Poco a poco los investigadores de LMU apreciaron signos de un acento incipiente, una forma de hablar ligeramente distinta a la que tenían antes de pisar el Polo Sur.

“Se descubrió que los individuos desarrollaron las primeras etapas de un acento común en la Antártida”, recoge el artículo que publicaron en la revista The Journal of the Society of America: “Los hallazgos sugieren que los atributos fonéticos de un acento hablado en sus etapas iniciales emergen a través de interacciones entre individuos que hacen que la producción del habla se actualice gradualmente”.

¿Y qué apreciaron? Cambios. Cambios sutiles, leves y difíciles de identificar para un oído no entrenado, pero desde luego reveladores si se tiene en cuenta que el experimento duró  solo unos meses. “No se pueden escuchar bien las diferencias porque son muy pequeñas, pero puedes medirlas”, reconoce Harrington a Atlas Obscura. Para su análisis los expertos emplearon un modelo computacional que les ayudó incluso a predecir los cambios esperables entre los 11 voluntarios.

Sutil, pero claro. Los expertos apreciaron dos grandes cambios fonéticos. El primero fue que el grupo preció desarrollar una “innovación”, al pronunciar “una /ou/ fonéticamente más frontal” que antes de su paso por el Polo Sur. El segundo fue una “convergencia” entre los hablantes, de manera que las diferencias que mostraban al usar las otras vocales antes de convivir parecieron diluirse.

Quizás parezca sencillo, pero no lo es: el estudio muestra el desarrollo de un nuevo acento puede no basarse solo  en ese proceso de “convergencia hacia un promedio grupal” y que los cambios no tienen que explicarse de forma necesaria con cómo hablaban los participantes en el estudio antes de interactuar entre sí.

La Antártida… y más allá. El experimento del LMU es interesante por sus conclusiones, pero sobre todo por lo que nos muestra sobre la forma en que nos influimos como hablantes. Al fin y al cabo, como recalca el estudio de The Journal of The Acoustical Society, su investigación deja solo una pincelada muy marcada por los 11 sujetos que participaron en el experimento y el hecho de que entre los voluntarios hubiese dos “hablantes atípicos” de inglés: una persona habituada a expresarse en alemán y otra que emplease el “inglés general americano”.

“Ni los cambios ni las predicciones son necesariamente representativos del desarrollo del acento en toda la comunidad de la Antártida, ni de comunidades como las que debido a la colonización en siglos anteriores permanecieran aisladas durante un largo período de tiempo”, recogen los investigadores. Sus conclusiones en la Antártida, un lugar remoto, sin residentes permanentes y donde el número de científicos oscila a lo largo del año entre el millar del invierno y los 5.000 del verano, ya llevan a algunos a plantearse una nueva pregunta.

¿Acentos extraterrestres? Exacto.  Si hemos apreciado el fenómeno en la Antártida… ¿Por qué no en las colonias que quizás algún día lleguen a fijarse fuera de la Tierra ¿Veremos el nacimiento de uno o varios acentos propios de la Luna o incluso del planeta rojo? “El estudio muestra que si aíslas un grupo de individuos empezarán a mostrar los inicios de un nuevo acento hablado cuya forma depende en gran medida de las características del acento de los hablantes que entraron en la mezcla”, reconoce Harrington a IFL Science: “Esperaríamos que sucediera lo mismo si los astronautas alguna vez fueran a una misión a Marte”.

Imágenes: Cassie Matias (Unsplash)

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Adriana P

Los relámpagos del Catatumbo: un monstruoso fenómeno capaz de generar energía para iluminar 100 millones de bombillas

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El tiempo está loco y no es casualidad. Hay eventos meteorológicos más o menos cíclicos o bien repentinos que se pueden achacar al cambio climático, pero existe un fenómeno meteorológico que se da de manera local, asociado a la cuenca del lago de Maracaibo (Venezuela), y que consiste en una descarga brutal y continuada de truenos y relámpagos.

La asociación a ese lugar evidentemente no es casual: como ocurre con otros fenómenos meteorológicos, la orografía del área es determinante, concretamente por las cordilleras y la proximidad al Caribe. Ocurre de manera recurrente durante el año, especialmente entre los meses de abril y noviembre, y lo apodan “fábrica de ozono” (aunque el destino final del gas puede no ser el que pensemos).


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