Day: November 27, 2022

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Apps gratis que no son gratis. Una mala práctica cada vez más habitual en App Store

Apps gratis que no son gratis. Una mala práctica cada vez más habitual en App Store

Abro App Store, me voy al apartado de “apps”, me voy a “apps populares” y me descargo una. La app parece gratuita. Nada más abrirla me aparece una pantalla de advertencia: esta app es un servicio de membresía con una prueba gratis de una semana.

Me descargo otra, también “gratuita”. Nada más abrirla me aparece un mensaje diciendo que, si no pago 12 euros, no podré usar la app. Quizás, servidor tenga un concepto distinto sobre la gratuidad pero, llámenme loco, si tengo que pagar para usar algo, no es gratis.


Apps gratis, pero solo una semana

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Este tipo de reseñas son habituales en buena parte de las apps.

App Store está cada vez más lejos de ser ese paraíso que era hace unos años. Esa tienda bien diseñada, con fichas de apps que bien parecieran artículos y con infinidad de opciones gratuitas (gratuitas de verdad) para el día a día. Y hablo de App Store porque en Google Play Store, si bien se recurre a este formato de app “gratuita” que deja de serlo a los siete días, la tónica es mucho menos habitual. El formato de app en Android, por lo general, vira más hacia una app gratis algo capada y una versión de pago que desbloquea todas las funciones.

Apple es bastante transparente cuando consultamos los datos y características de la app. El problema, que no es tan sencillo ni user-friendly el acceder a datos sobre sus características de pago. Incluso accediendo a ellas, los desarrolladores no son transparentes del todo.

Apps De Pago

Siendo realistas, (casi) nadie va a bucear hasta este submenú para saber si hay compran in-app. Además, los periodos de prueba no se indican, solo los precios de suscripción.

Dentro de la ficha técnica tenemos un apartado de “compras dentro de la app”, en el que la ficha tan solo muestra en un vistazo “sí” o “no”. Si queremos más datos, tenemos que pulsar sobre la flecha que hay a la derecha. Al pulsar en ella, nos aparecen las distintas opciones y planes que tienen las apps.

Pero en ningún momento se indica que, si no se paga, no se puede usar la app. En este mismo saco de “sí que hay compras en la app” se incluyen tanto apps realmente gratuitas que nos permiten desbloquear funciones de pago, como aquellas apps que no son realmente gratuitas y que nos obligan a pagar una suscripción anual para usarlas.

Un buen ejemplo es esta app que permite crear retratos mediante IA (bastante interesante, sobre el papel). Se anuncia como gratuita y, nada más abrirla, nos indica que tenemos que pagar 11,99 euros si queremos un crédito. Si no pagamos ese crédito no es ya solo que no podamos exportar el retrato, es que no podemos usar la app directamente.


La noticia Apps gratis que no son gratis. Una mala práctica cada vez más habitual en App Store fue publicada originalmente en Xataka por Ricardo Aguilar .

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El otro gran perjudicado por la caída de FTX no es ningún actor de la industria cripto: es Bahamas

El otro gran perjudicado por la caída de FTX no es ningún actor de la industria cripto: es Bahamas

El otoño de 2021 arrancaba con buenas noticias para las Bahamas. Magníficas noticias. Gracias en buena medida a su marco legislativo, el gigantesco exchange cripto FTX decidía trasladar su sede de Hong Kong a la pequeña nación caribeña. La clave —reconocía el fundador de la compañía, un Sam Bankman-Fried con prestigio al alza— eran las facilidades que ofrecía el país al sector. “Ha sido uno de los primeros en implementar una regulación integral para las criptomonedas”, celebraba el magnate durante una entrevista con Bloomberg TV. Champán y rosas.

Ese mismo noviembre el bitcoin superaba los 66.000 dólares y aquella relación entre Bahamas y el exchange FTX se las pintaba muy felices; tanto, que no mucho después, cuando el Bitcoin rondaba aún los 40.000 y no había colapsado Three Arrows Capital, FTX presumía de sus planes de levantar una sede en Nassau, la capital de las Bahamas, con una inversión de alrededor de 60 millones de dólares. El primer ministro, Philip Davis, lo planteó como todo un éxito e incluso iba más allá: aquel nuevo complejo criptográfico, aseguró, “rivalizaría con el campus de Google”.

Meses después el balance es bien distinto.

“Huellas positivas”

FTX se ha visto obligada a declararse en bancarrota, Bankman-Fried ha abandonado su cargo de CEO en el ojo de un intenso huracán mediático y aquella grandiosa y millonaria sede de Nassau — detallan medios como Fortune o The Wall Street Journal— parece haberse quedado en buenas palabras y grandes sueños, reducida a poco más que un solar con unos cuantos carteles.

“Nunca se hizo nada. La preparación del terreno, eso fue todo. Ninguna excavación”, reconoce a Fortune una constructora contratada para el proyecto. Lejos quedan las expectativas desatadas a finales de abril, cuando se organizó un acto para “la colocación de la primera piedra” de un complejo en el que se proyectaban además un hotel con 38 habitaciones y un edificio de uso comercial.

Las perspectivas eran entonces tan alentadoras que el gabinete de Davis llegó incluso a lanzar un vídeo en el que se podía escuchar al dirigente con tono optimista: “FTX Digital Markets ha dejado huellas positivas en las Bahamas. Hoy, siguen causando impresiones positivas”.

Lo ocurrido con la sede de FTX es únicamente una muestra —la más visual, quizás— de cómo ha vivido Bahamas el descalabro del que llegó a ser el tercer exchange más importante por volumen. La compañía aterrizó con fuerza, generó expectativas, caldeó su economía y generó empleos en un país cuyo músculo turístico —vital para sus finanzas— se había visto fuertemente golpeado primero por el huracán Doria, en 2019, y luego por la pandemia de la COVID-19. Ahora, tras la caída en desgracia de la compañía, ha dejado una sensación de frustración entre muchos de los isleños.

Para entender el sentimiento de al menos parte de su población ayuda la lectura del editorial publicado este mismo martes por The Nassau Guardian, uno de los principales diarios del país: “Las Bahamas están recibiendo un ojo morado a cada paso [que da el caso] y es imposible encontrar beneficio alguno en hacer la vista gorda ante esta realidad”. El texto, crítico con la respuesta de su Gobierno y en concreto el propio Davis, incide en un “daño reputacional que ya es evidente”.

Más allá de la imagen o el sueño del gran complejo anunciado por FTX, la bancarrota del Exchange deja también una huella en el mercado laboral del país. Desde su aterrizaje en Bahamas —detalla The Wall Street Journal— la compañía recurría a diferentes servicios, como el alquiler de flotas de vehículos, firmas de catering y técnicos de logística para la organización de eventos.

Hubo incluso empleados locales que se lanzaron a invertir miles de dólares para hacerse con acciones del exchange. ¿Por qué no? Hasta hace no tanto Bankman-Fried posaba para las portadas de revistas prestigiosas y había quien lo señalaba ya como un Warren Buffey versión criptográfica.

Bahamas ha sabido posicionarse en la esfera cripto y su primer ministro acaba de asegurar al Parlamento que el país saldrá con una “reputación mejorada” de la polémica de FTX, provisto den una “sólida jurisdicción de activos digitales”. Como trasluce el editorial de The Nassau Guardian una parte de la nación, al menos, teme el daño a su reputación: “La jurisdicción, sin saberlo, proporcionó la vía para que FTX operara de una manera que ha manchado nuestro buen nombre y desacreditado nuestro régimen regulatorio, que había sido aclamado como el mejor de su clase”, recalca.

No todos los perjudicados por el caso FTX son, al fin y al cabo, inversores.

Imagen de portada: Office of The Prime Minister The Bahamas


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27 November, 2022 Leer más →
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Japón también quiere conquistar el espacio, pero por un motivo muy distinto al resto: la basura

Japón también quiere conquistar el espacio, pero por un motivo muy distinto al resto: la basura

Cuando en 2015 Neil deGrasse Tyson se sentó con la CNBC a especular sobre el futuro dejó uno de esos titulares rotundos de resonancia casi casi proverbial: “El primer billonario será quien explote los recursos naturales de los asteroides”. Han pasado ya siete años y si bien la minería espacial ha ido dejando grandes promesas, todo indica que estamos lejos aún de explotar a fondo sus riquezas. Lo que sí ha ido tomando forma son otras actividades igual de lucrativas en el espacio, como el turismo, el transporte y quizás la más delicadas de todas: la gestión de la enorme cantidad de basura que empieza a acumularse sobre nuestras cabezas tras décadas poniendo aparatos en órbita.

Japón lo sabe y quiere ser una figura destacada en esta última rama. Tanto, de hecho, que se ha lanzado ya a una carrera en la que han puesto también los ojos otras potencias, incluida China.

Suma de fuerzas. Desde hace tiempo la compañía Astrocale, con sede en Tokio, y la Agencia de Exploración Aeroespacial de Japón (JAXA) trabajan en el desarrollo de tecnología para la eliminación de desechos espaciales. En 2020 el organismo japonés ya seleccionó a Astrocale como socio para la primera fase de su proyecto de demostración CRD2 y este mismo verano volvía a anunciar un nuevo estudio, con pruebas en tierra de hardware y software, en el mismo marco. El objetivo de la empresa pasa por ofrecer servicios de retirada de escombros de forma rutinaria ya a medio plazo, en el horizonte de 2030 y el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU.

Más allá de la teoría. Los esfuerzos, efectivamente, les ha permitido ir más allá de la teoría. Astrocale ya ha realizado pruebas interesantes con su misión ELSA-d, incluido un experimento de captura satelital este mismo verano. La compañía también ha recabado apoyos dentro y fuera de Japón. En julio acumulaba una recaudación de alrededor de 300 millones de dólares en fondos de inversores nipones e internacionales y este mismo otoño la Agencia Espacial del Reino Unido, la UKSA, ya se ha fijado en su filial británica y ClearSpace para la eliminación de desechos.

La firma también trabaja en otros servicios, como la de extensión de vida, reparaciones o reabastecimiento de combustible, que busca una economía espacial “que prospere de forma sostenible“. No es la única de Japón que tiene la vista puesta en la basura espacial. Sky Perfect JSAT, por ejemplo, asegura trabajar de la mano de Rike, JAXA y las universidades de Nagoya y Kyushu para desarrollar un satélite de eliminación de desechos espaciales “de manera segura y eficiente utilizando un método basado en láser”. Star-ALE, con sede en Tokio, es otro caso.

“Una oportunidad de oro”. Así lo entiende Kazuto Suzuki, experto en políticas espaciales de la Escuela de Graduados en Políticas Públicas de la Universidad de Tokio, quien hace solo unos días reconocía al diario The Washington Post el horizonte que se abre para el país del sol naciente: “En el espacio, Japón siempre ha sido un país de segunda velocidad. La primera siempre fue la de EEUU, la URSS y, recientemente, China. Esta es una oportunidad de oro, pero los tiempos son cortos”.

En el proceso ha habido también altibajos. A principios de 2017 Japón veía cómo fracasaba uno de sus intentos más ambiocosos para retirar basura espacial, un sistema que se apoyaba, básicamente, de una correa incorporada a la nave Kounotori 6 y que no pudo cumplir con los planes de la JAXA. “La tecnología para limpiar desechos espaciales está aún en su primera etapa”, reconocía el equipo. En la Universidad de Kioto incluso llegaron a proponer otra solución: fabricar satélites de madera.

Una carrera disputada. Japón no es el único país que se ha lanzado a la tarea de controlar y abordar la basura espacial. Varias compañías, como Russian Space Systems o la australiana Neumann Space se han planteado aprovechar la basura espacial para reconvertirla en combustible y a nivel internacional se han registrado múltiples intentos por atajar el problema que representa para la exploración espacial: la red US Space Surveillance, por ejemplo, se encarga del monitoreo, Clear-Space-1 aspira a acabar con parte de los desperdicios, agencias como la NASA o la europea ESA se han centrado también en el problema y más allá de Astrocale hay otras muchas compañías, como Privateer, Airbus, ExoAnalytic, la china Origin Space o incluso la SpaceX de Elon Musk.

El peso de China. En el tablero internacional destaca, por su peso y actividad, China. El gigante asiático aspira a convertirse en una potencial espacial hacia 2045 y ha protagonizado numerosos e importantes lanzamientos, además de lanzarse a iniciativas ambiciosas, como ensamblar su propia estación espacial. Origin Space, con sede en Shenzhen, lanzó el año pasado un prototipo que busca precisamente atrapar desechos espaciales, la SAST de Shanghái ha planteado un sistema con una vela de arrastre y hace apenas unos meses se captó cómo una nave china captaba un satélite en desuso para arrojarlo luego a una “órbita cementerio”. El país ya se ha visto salpicado por sonoras polémicas internacionales relacionadas, en parte, con su gestión de la basura espacial.

¿Es realmente tan grave el problema Sí. Los datos son claros y dejan poco margen a la interpretación. Según los cálculos de la NASA, en el espacio alrededor de la Tierra se dispersan alrededor de 9.000 toneladas métricas de escombros, una masa más que considerable que incluye satéites abandonados y restos de naves en desintegración. Los balances elaborados por la agencia estadounidense muestran miles de fragmentos iguales o mayores que una pelota de béisbol en la órbita baja de la Tierra —LEO, por sus siglas en inglés—, pero quizás lo más preocupante no sea el dato, sino el riesgo de que ocasionen daños: desde 2019, recogía hace unos meses Financial Times, el número de satélites en funcionamiento en órbita se ha incrementado en cerca de un 50%.

El otro gran reto: la regulación. Efectivamente, la basura espacial no solo representa un reto tecnológico. Abordarla requiere también una regulación que trascienda fronteras, y en una materia compleja que toca puntos sensibles. Para lograr la colaboración necesaria, explica a The Washington Post Jonathan McDowell, del Centro Harvard-Smithsonian de Astrofísica (CfA), es fundamental que los países “estén dispuestos a poner los intereses internacionales por delante de su propia paranoia sobre las preocupaciones militares”. “Y no está claro que China y lo esté y EEUU definitivamente no”, remarca: “El problema es que no hay un controlador del tráfico aéreo internacional para el espacio”.

Pasos se han dado para atajar la proliferación de desechos espaciales. Hace ya diez años, por ejemplo, el Comité Interinstitucional de Coordinación de Desechos (IADC) publicó unas pautas para “la mitigación de desechos espaciales” y en EEUU acaban de plantearse nuevas reglas que exigirán a los operadores deshacerse con mayor rapidez de los satélites ya obsoletos. El objetivo de Japón pasaría por contribuir al desarrollo de estándares, empeño en el que la tecnología juega un papel relevante. “Si no hay solución, la gente no sabrá cómo regular”, apunta el fundador de Astroscale.

Imagen de portada: Astrocale


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27 November, 2022 Leer más →
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Ver “bailar” a los electrones: cómo usaremos los sensores cuánticos para encontrar nuevos materiales

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En todas las investigaciones, la precisión manda. Cuanto mejor podamos medir algo, más y mejores resultados vamos a obtener. Y hemos llegado a un punto en el que los sensores que utilizamos para hacer estas mediciones ya no dan más de si, por lo que hay que buscar nuevas técnicas para poder atinar lo suficiente como para tener que buscar prefijos para nuevos órdenes de magnitud de medidas que sean extraordinariamente pequeñas. ¿Cómo se está haciendo eso? Pues entrando en el reino cuántico, nada menos.

Todos sabemos, más o menos, definir un sensor. Se trata de un dispositivo o componente integrado en un dispositivo capaz de detectar variaciones en ciertas condiciones de su entorno. Un termómetro es por ejemplo un sensor de temperatura, y otros ejemplos rápidos pueden ser los sensores de presión, de movimiento o de luz. Sólo hace falta pensar en nuestro smartphone y todos sus sensores para darnos cuenta de que los usamos docenas de veces cada día.

Con el tiempo estos sensores han ido ganando precisión: hemos pasado de termómetros de mercurio en los que necesitamos fijarnos bien para obtener una temperatura estimada a termómetros electrónicos capaces de detectar fracciones de grados. Pero durante los últimos años se quiere cruzar una nueva frontera y permitir que las variaciones que sean capaces de detectar estos sensores sean extremadamente pequeñas. Tanto que involucran a los mismos átomos.

Así nos están ayudando (y nos ayudarán) los sensores cuánticos

Aquí es donde entran los llamados sensores cuánticos. Éstos pueden definirse como sensores que se benefician de las propiedades de la mecánica cuántica para poder detectar variaciones de movimiento o en campos electromagnéticos a un nivel atómico. Es decir: detectando cómo se mueven partículas tan pequeñas como los átomos o incluso sus electrones. Eso hace que la precisión respecto a la de los sensores convencionales llegue a multiplicarse por mil.

Compañías como Bosch utilizarán sensores cuánticos para buscar el modo de fabricar materiales que no necesiten ni tierras raras ni metales preciosos que impacten en el medio ambiente

Un ejemplo de sensor cuántico que podemos nombrar es el reloj atómico con el que se sincronizan millones de dispositivos electrónicos alrededor del mundo: se trata de un reloj que suele utilizar la constante de las 9.192.631.770 veces por segundo que un electrón pasa de un nivel a otro en un átomo de cesio, algo que nunca varía y con lo que un reloj puede basarse para ser extremadamente preciso gracias a sensores que detectan los cambios de esos electrones. De hecho el MIT cree haber mejorado esa precisión con un reloj atómico que se basa en átomos de iterbio en vez de cesio.

Recientemente hemos podido oír más aplicaciones de estos sensores de la mano de Bosch, que ha celebrado su evento Connected World en Berlín. La compañía busca aprovechar esos sensores para poder investigar nuevos tipos de materiales. El objetivo: que esos materiales puedan usarse para fabricar motores de propulsión neutros en carbono y que no requieran la extracción de tierras raras o metales preciosos que tengan un impacto en el medio ambiente.

Para ello Bosch tiene a 30 expertos utilizando la tecnología de sensores cuánticos y una alianza con IBM, empresa que permitirá acceso a sus ordenadores cuánticos. Precisamente esta dependencia de instalaciones en Estados Unidos ha servido de aviso por parte de Bosch: Su CEO, Stefan Hartung, cree que la computación cuántica puede ser un mercado de 7.000 millones de dólares “en los próximos años” y también un puente para que Europa logre más soberanía tecnológica a largo plazo.

Desde Bosch también mencionan otros campos donde los sensores cuánticos buscan dar grandes avances y ya han demostrado ser capaces de ello. Con ellos ya se ha podido medir la velocidad de las señales eléctricas de nuestro cerebro con una precisión de 10 milisegundos, lo que en un futuro puede ayudar a diagnosticar enfermedades como el Alzheimer con más antelación.

Esa precisión también puede ser útil para detectar los impulsos nerviosos de nuestro cuerpo, lo que puede usarse para mejorar el rendimiento de las prótesis o incluso controlar interfaces gráficas con nuestro cerebro. Bosch menciona los visores de realidad virtual como dispositivos donde eso podría encajar.

Imagen | Fly:D


La noticia Ver “bailar” a los electrones: cómo usaremos los sensores cuánticos para encontrar nuevos materiales fue publicada originalmente en Xataka por Miguel López .

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Las balsas de purines son un problema público. Zaragoza tiene una solución: cubrirlas de placas solares

Las balsas de purines son un problema público. Zaragoza tiene una solución: cubrirlas de placas solares

La cosa va de necesidades. De la necesidad de energía renovable, de la necesidad que tiene la fotovoltaica de espacios en los que instalar sus paneles y de la necesidad del sector ganadero de minimizar su impacto sobre el medio ambiente. En Aragón creen que hay un punto de contacto entre las tres necesidades y han decidido probar con una estrategia tan peculiar como prometedora, al menos a priori: una instalación fotovoltaica flotante. Pero una especial que no se dispondrá sobre piscinas o lagos, sino en una balsa de purines para reducir sus emisiones a la atmósfera.

Detrás del proyecto hay varias compañías aragonesas, como la firma Intergia y Tauste Centro Gestor de Estiércol, además de otras entidades, incluida la Universidad de Zaragoza. La iniciativa ha logrado el respaldo financiero del fondo europeo Feader y la administración regional. Todo con un objetivo claro: demostrar que el sector ganadero y energético pueden trabar sinergias interesantes.

Su idea consiste básicamente en instalar una planta de energía fotovoltaica especial sobre una balsa de purines de cerdo, un residuo que no siempre es fácil gestionar en las granjas. Las explotaciones generan una considerable cantidad de estos líquidos, mezcla de los orines y el rezume del estiércol, a los que habitualmente se les da salida como fertilizante para los campos de cultivo.

Un “win-win” sostenible

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El problema es que todos los años las granjas aragonesas generan millones de metros cúbicos de purín, demasiado como para dar salida a todo. Lo que sobra acaba convertido en un material rico en nitrógeno y fósforo que, si no se gestiona correctamente, puede contaminar los acuíferos y ríos.

El purín acaba en balsas especiales, pero tampoco eso es una solución perfecta. Incluso así, embalsado, el material sigue emitiendo gases perjudiciales, como el amoniaco. La solución que se han planteado en Zaragoza para paliar ese problema y de paso generar energía renovable es cubrir las piscinas con placas flotantes capaces de generar electricidad y de paso reducir las emisiones. El sistema tiene otra ventaja añadida: liberando otros espacios en tierra para las celdas solares.

“El objetivo es desarrollar una solución innovadora para el cubrimiento de balsas de purines que permita reducir la emisión de gases perjudiclaes para el medioambiente, como el amoniaco, y facilite a las granjas y centros gestores el cumplimiento de los parámetros relativos a emisiones”, comenta Intergia. El proyecto echó a andar ya en 2020, realizó su primera prueba este mismo verano y acaba de instalar ahora su primer prototipo de demostración. Como explicaba Intergia en junio, para la prueba piloto se ha optado por la balsa de una granja porcina de Tauste, en Zaragoza.

El experimento no consiste solo en cubrir parte de una piscina con paneles estándar. Para soportar los gases que emiten los purines los responsables del experimento han echado mano de flotadores especiales, con plástico HDPE, sobre los que se fijan las placas fotovoltaicas. La instalación se completa con pasillos perimetrales para facilitar el mantenimiento de las celdas.

“Los espacios al aire que quedan entre los flotadores se rellenan con un producto de cobertura de láminas de agua. Se trata de unos pequeños elementos hexagonales de plástico que, al dejarse sobre la superficie líquida de la balsa, se colocan entre sí en forma de panal y funcionan como cubierta flotante, consiguiendo reducir por sí solos hasta un 40% las emisiones de amoniaco”.

El prototipo final —precisa Intergia— consiste en un sistema fotovoltaico de 20,7 kWp, con potencia de inversor de 20 kW. Suma en total 46 paneles fotovoltaicos dispuestos sobre flotadores que cubren el 35% de la balsa y sus responsables calculan que será capaz de lograr una generación fotovoltaica anual de 34.378 kWh. Gracias a esa capacidad conseguirá uno de los grandes objetivos del ensayo: facilitar el autoabastecimiento de la explotación porcina. De entrada, Intergia calcula que el sistema satisfará aproximadamente el 38% de los consumos eléctricos totales de la granja.

Purines

La compañía confía en que el dispositivo esté listo ya a finales de este mes. A partir de ese momento los expertos estudiarán en qué medida contribuye a reducir las emisiones de la balsa, cómo afectan los gases corrosivos a los flotadores, si las labores de mantenimiento y limpieza suponen un problema y, por supuesto, si el sistema eléctrico responde bien o presenta problemas.

La investigación dispondrá de financiación hasta 2023, pero el prototipo que acaba de prepararse seguirá funcionando y suministrando energía a la granja a lo largo de toda su vida útil, lo que en una instalación convencional puede equivaler perfectamente a alrededor de dos décadas y media.

¿Quién dijo que ganadería y fotovoltaica no pueden unir fuerzas?

Imágenes: Intergia


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El “terayate” Pangeos, la ciudad-barco con forma de tortuga con capacidad para 60.000 personas

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De infraestructuras que algún día sonaron a locura está el océano lleno. Con sus casi 400 metros de eslora el buque Ever Given sonaría seguramente a ciencia ficción a cualquier ingeniero de hace dos siglos, igual que la capacidad del Blue Marlin para transportar infraestructuras de la envergadura de un portaaviones o las gigantescas dimensiones del motor diésel del buque Emma Maersk, que con sus más de 13,5 metros de alto y 27 de largo más parece una mansión que una máquina.

En ingeniería naval el límite es la imaginación. O, en caso de que la técnica o los recursos disponibles aún no permitan trasladar la idea a la realidad, esperar el tiempo suficiente.

Algo parecido a debido de pensar el diseñador italiano Pierpaolo Lazzarini, del estudio Lazzarini, quien en 2009 empezó a darle vueltas a una idea descabellada: construir una ciudad flotante, una enorme estructura capaz de acoger a decenas de miles de personas, hoteles, espacios comerciales, parques e incluso instalaciones para embarcaciones y aeronaves de menor tamaño.

Rompiendo moldes

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No solo eso. Ya puestos a soñar —debió de pensar Lazzarini— por qué no darle la apariencia de un terayate, un formato de embarcación tan grande que supera a las categorías de súper, mega o incluso “gigayate”. Y más allá: ¿Y si esa mole tuviese además el aspecto de una tortuga?

Parece una locura, pero eso es lo que ha salido de la mesa de trabajo de Lazzarini, un estudio que ya ha saltado antes a los titulares por sus diseños de vehículos de ensueño, embarcaciones de lujo, ingenios voladores o propuestas arquitectónicas flotantes. Eso sí, sin el calibre de su última idea.

Su nueva propuesta se llama Pangeos y se presenta ni más ni menos que como una inmensa “ciudad flotante itinerante”, una embarcación con forma de quelonio de 550 metros de eslora y una manga de 610 m en su punto más ancho, medidas que la convertirían en una auténtica titana de los mares, bastante más grande que el Ever Given o el transatlántico Wonder of the Seas.

“Por el momento es solo un concepto, pero está comenzando a convertirse en algo más que una animación por computadora”, explica Lazzarini, que incluye en su web oficial un buen dossier con imágenes y vídeos del terayate que quiere impulsar e incluso el astillero para fabricarlo.

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El estudio calcula que dar forma a su proyecto costaría alrededor de 8.000 millones de dólares y cumplir con un cronogramas de trabajos que se prolongaría a lo largo de unos ocho años. Una vez rematado se convertiría en “la estructura flotante más grande jamás construida”, con capacidad para 60.000 alojamientos. Su casco se dividirá en 30.000 celdas que lo mantendrían a flote.

Sus alas están diseñadas para obtener energía de la resistencia y las olas que rompen contra el casco y a lo largo de su techo se dispondrían paneles solares que le suministrarían energía. El buque, con un calado de 30 m, sería capaz de avanzar a una velocidad de cinco nudos.

Construir una estructura de récord requiere recursos de récord. No solo por la ingente cantidad de fondos y trabajo que necesitaría Pangeos. Darle forma exigirá un enorme astillero —“tera astillero”, apunta— en el que también han pensado y al que incluso le han buscado ya ubicación.

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La idea es disponer de una instalación con un dique que pueda inundarse para, una vez rematado el yate, permitir que flote. La estructura que ha diseñado el estudio tendría 650 metros de ancho por 600 de largo y dispondría de su propio acceso al mar. En cuanto a dónde, sus responsables han optado por Arabia Saudí, una ubicación situada a unos dos kilómetros del puerto King Abdullah.

Si bien Pangeos es fascinante y su estructura parece sacada de una película de ciencia ficción no es el primer proyecto de comunidad flotante. Mucho antes que Lazzari ya otros estudios se lanzaron a la aventura de diseñar sus propias ciudades itinerantes. Una de las más recientes es el MV Narrative, un exclusivo barco residencial de 229 metros de eslora y 547 “residencias-camarotes”.

La palma de los proyectos se la lleva sin embargo otra estructura digna también de las imaginaciones más fértiles: el descomunal Freedom Ship, un megabarco pensado para 100.000 pasajeros. Norman Nixon lanzó la propuesta hace ya unos cuantos años, en los 90, pero de momento no ha logrado llevar a la práctica las impresionantes infografías que elaboró sobre el buque.

Todas comparten el mismo ingrediente básico: ambición y ganas de poblar los mares.

Imágenes: Lazzarini Design Studio


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